Fenómenos extraños

Un somero repaso, un poco a vuelapluma (a vuelatecla, más bien), a alguno de los más asombrosos sucesos acaecidos esta temporada en el reino mágico de la NCAA.

Por Jose Díaz (@zaid5x5)

  1. Sí, la NCAA es un reino mágico, y por eso nos jode tanto cuando le vemos el truco. Hacia finales de septiembre vino el FBI a decirnos que los reyes son los padres, algo que probablemente ya sabíamos pero que hacíamos como si no lo supiéramos. De repente nuestro autoengaño de fantasía e ilusión se nos caía como un castillo de naipes: seguiríamos disfrutándolo, pero ahora ya difícilmente podríamos olvidar que había gato encerrado. Y sin embargo fuimos olvidándolo (el gato, me refiero), así hasta que a finales de febrero se nos volvió a aparecer el FBI (esta vez vía Yahoo) a recordarnos lo que ya sabíamos, pero ahora ya con nombres y apellidos para que no tuviéramos escapatoria. Que esta vez la presunta corrupción no viniera tanto de las universidades como de alguna avispada agencia de representación no suavizaba presuntamente el tema; o acaso sí lo hiciera algo más llevadero, pero sólo a la espera de que se nos revelara el siguiente paso. Aún hoy seguimos esperándolo (más bien temiéndolo), en una especie de novela por entregas que cada vez nos recuerda más a la versión colegial de los Papeles de Panamá.

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  1. Éramos pocos y parió Arizona, que no es una universidad sino una crónica de sucesos. A toda esta ensalada de trapos sucios ya sólo le faltaba la voz de Sean Miller poniendo sobre la mesa cien mil del ala para reclutar a DeAndre Ayton en una escena que recuerda demasiado a aquella otra de Nick Nolte reclutando a Shaquille O’Neal. Aquella película (bastante mala, por cierto) se tituló en versión original Blue Chips y en castellano Ganar de cualquier manera, traducción no demasiado literal que sin embargo se adapta como un guante al caso que nos ocupa. De cualquier manera es más que probable que lo que se gane Miller sea el despido, no sé si solo o en compañía de otros. Dicen que por ahora le han ratificado (quizás a la tradicional manera española, ratificar al técnico justo la semana antes del cese) pero no nos engañemos: las aguas bajan demasiado turbias por Tucson (tierra de pocas aguas, por cierto) como para poder soportar por mucho tiempo más el mal olor.

 

  1. Y en estas llegó Trae Young. Llegó para salvarnos (o eso nos creímos, al menos) cual si se tratara de una especie de mesías de nuestro tiempo. Empezó a enchufar y a pasar (y a enamorar) y cuando nos quisimos dar cuenta promediaba en torno a treinta puntos y diez asistencias (también un buen puñado de pérdidas, pero esas se las perdonamos), lo que le valía para ser líder absoluto de la nación en ambas categorías. Piénsese que hablamos de trescientos cincuenta y tantos equipos (nunca sé cuánto es el tantos, y no me queda tiempo ni fuerzas para contarlos), multiplíquenlos por el número de jugadores y les saldrá una cifra casi astronómica. Liderar una categoría ya es una hazaña, liderar dos (y dos tan antagónicas, además) está sólo al alcance de los elegidos. Casi no había una sola canasta de Oklahoma (y mira que había canastas en Oklahoma) que no pasara por sus manos, de una manera o de otra. Claro está que semejante portento no podía pasar inadvertido, hasta tal punto que rebasó los confines de la propia NCAA y casi diría que hasta los del propio deporte. De repente hablaban de él los megacracks NBA, las gentes de la farándula, los famosos de medio pelo, los políticos siempre prestos a apuntarse al carro y hasta esos medios de información general que rara vez prestan atención al baloncesto (y menos aún a este baloncesto). Todo dios estaba como loco, tan locos estábamos que antes de que nos diéramos cuenta habíamos hecho desaparecer al jugador y en su lugar habíamos creado un personaje. Trae Young empezó a saltar a la cancha no ya para ganar partidos sino para estar a la altura de ese personaje, con el resultado que cabía esperar en un chaval de apenas diecinueve años difícilmente preparado para soportar tanta presión (propia o ajena). Cuando alcanzó el cero de veintitantos en tiros de tres empezamos a plantearnos si no se nos habría ido la mano, y entonces lo dejamos caer casi con el mismo estrépito con que lo habíamos elevado a los altares meses atrás. Ni tanto ni tan calvo: entre aquel Trae que nos recordaba demasiado a Curry (y a algunos a Nash) y este otro que nos recuerda demasiado a Marshall Henderson probablemente haya un término medio, y me gustaría pensar que éste estará mucho más cerca de la primera versión que de la segunda. Al fin y al cabo el talento y la visión de juego han de seguir estando ahí, que además esté también una toma de decisiones medianamente correcta ya será otro cantar.

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  1. ¿Cómo lo hace Tony Bennett? Ya no es que Virginia defienda cual si no hubiera un mañana, ya no es que nadie les meta setenta puntos (casi ni sesenta) ni por aproximación siquiera, ya no es que no cometan un error no forzado ni por casualidad, ya no es que no les veas un tiro mal seleccionado ni aún por darse el capricho, ya no es que funcionen con la legendaria precisión de un reloj suizo. Ya no es eso o mejor dicho, ya no es sólo eso. Lo verdaderamente asombroso de estos Cavaliers (aún más que todo lo anterior) es esa capacidad de Bennett para generar colectivos casi de la nada, para convertir recruits (casi) del montón en estrellas, para recrearse en la cocción a fuego lento hasta acabar consiguiendo estas criaturas maravillosas, estos equipos que parece que no saben perder y que cuando lo hacen lo hacen sólo con sus vecinos de al lado (West Virginia, Virginia Tech), que ya se sabe que donde hay confianza da asco. Vale que Kyle Guy es un talentazo al que ya veíamos venir, pero… ¿qué me dicen de Ty Jerome, qué me dicen de ese sénior Devon Hall que acaso sea el jugador más infravalorado de toda la NCAA? Y de tantos otros. Las autoridades de la Universidad de Virginia ya están tardando en conmemorar como se merece la efemérides del día aquel en que les dio por irse a la otra punta del país a buscar al hijo de Dick Bennett, a ese joven técnico con nombre de cantante que apenas empezaba a despuntar en Washington State. Y el resto es historia.

 

  1. Krzyzewski se ha caliparizado (quién lo descaliparizará, el descaliparizador que lo descaliparice bien descaliparizador será). O dicho de otra manera, que unos llevan la fama y otros cardan la lana. Qué lejos quedan ya aquellos tiempos (hace diez, veinte, treinta años), cuando la prestigiosa (en términos académicos) Universidad de Duke tenía muy a gala que a ellos sí que se les licenciaban los chavales aún por buenos que fueran, no como otros. Qué lejos quedan ya aquellos Elton Brand o Kenyon Dooling desatando una auténtica tormenta por marcharse antes de tiempo a la NBA, dejando solos a aquellos Battier, Dunleavy o Boozer que aún así se las ingeniaron para ganar sobradamente el título de 2001. La moda empezó con Kyrie Irving (lástima, de haberse quedado un par de cursos más lo mismo no iría por ahí diciendo que la Tierra es plana) y desde entonces ha sido un no parar, una sucesión de huidas prematuras y jugadores de alquiler (Bo Ryan dixit) que duran en Durham lo que dura una temporada. Año a año la copia (Duke) supera invariablemente al original (Kentucky), año a año el monstruo se retroalimenta, año a año cada camada es aún mejor que la anterior, que además sirva para ganar títulos ya es otra historia. En apenas un mes los Bagley, Carter, Trent o Duval dejarán paso a los Barrett, Williamson, Reddish o Tre Jones, no diga ya tres, dos o uno, dígalo todo, el tres, el dos y el uno, la creme de la creme, lo mejor de lo mejor. No diga ya nunca más one and done, diga mejor one and Duke.

 

  1. Pero Krzyzewski también se ha boeheimizado (quién lo desboeheimizará, el desboeheimizador etc etc). Todo se pega menos la hermosura, tantos años sentados el uno a la vera del otro en la selección USA tenían que acabar generando algún tipo de fusión, por ejemplo que este año hayamos visto defender en zona a Duke casi más que en toda su historia (ligera exageración). O acaso no fuera tanto la influencia (de Boeheim) como la evidencia de que debía implementar un sistema que potenciara la solidaridad atrás de unos chavales cuyo talento ofensivo parece estar en las antípodas de su esfuerzo defensivo, mención especial para Bagley en este aspecto. Que ya decía Juanma Lillo (que no Juan Malillo) que para defender en zona hay que vivir en zona (signifique eso lo que signifique), quizá se trate sólo de eso, la familia que defiende unida permanece unida, mera cohesión grupal. En cualquier caso la defensa en zona no es buena ni mala per se, lo verdaderamente importante (como en casi todas las cosas de la vida) es hacerla bien y en eso aún parece quedarles por recorrer un largo trecho. Véanse al respecto su semifinal del Torneo de la ACC ante North Carolina, por si aún les queda alguna duda.

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  1. Juegue usted dos finales NCAA consecutivas (gane la una, roce la otra), vea marcharse con gran dolor de corazón a sus principales protagonistas (pongamos por ejemplo Marcus Paige, Justin Jackson, Isaiah Hicks, Kennedy Meeks), vea marcharse incluso a ese Tony Bradley que era la gran esperanza azul celeste, dé por supuesto que se avecinan tiempos oscuros en Chapel Hill… y encuéntrese de repente con que su nuevo equipo quizá no sea mejor que el anterior pero sí juega casi mejor que el anterior, Roy Williams (una vez más) mediante. No, no es ya la superioridad en el rebote (que esa se da casi por supuesta) sino la superioridad en la creación de juego gracias a dos generadores que suplen con creces la propensión a la anotación de su base natural Joel Berry. Ni que decir tiene que esos dos tipos son el gran Theo Pinson (sin su lesionabilidad estaríamos hablando de una estrella) y cómo no, ese Luke Maye que representa mejor que nadie la versión baloncestística del sueño americano: partiendo (literalmente) de la nada ha alcanzado las más altas cotas del deporte universitario, no duden que en breve se asomará también a las del profesional.

 

  1. Esperábamos a Michigan State y nos fuimos a encontrar a Michigan, sin State. Esperábamos a Miles Bridges y nos fuimos a encontrar a Moritz Wagner, esperábamos a Langford y vino Abdur-Rahkman, esperábamos a Cassius Winston y se nos apareció Zavier Simpson, esperábamos a Nick Ward y descubrimos a Jon Teske y así sucesivamente. Ojo, no es que los Spartans no vinieran, están ahí y para algunos entre los que me cuento siguen siendo favoritos (Izzo mediante, también Jaren Jackson mediante), es que a quienes no esperábamos en absoluto es a los Wolverines. Hay equipos sin alma y otros con sobredosis de alma, Michigan siempre es de estos últimos. No sé bien qué les da Beilein para optimizar en tal medida ese factor motivacional, para hacer que siempre vayan de menos a más hasta convertirlos en un arma de destrucción masiva (y sumamente divertida, además) en marzo. Casi como sus vecinos de enfrente, por cierto.

 

  1. Nos dijeron que Michael Porter existía, y algunos (sumamente ingenuos por naturaleza) fuimos y nos lo creímos. Y así en su primer partido de esta temporada nos sentamos a verlo jugar y en su lugar lo que vimos fue a un chaval que duró en cancha exactamente dos minutos, tras de los cuales se fue al banquillo aquejado de unas supuestas molestias en la rodilla que al cabo de unas pocas horas se convirtieron en un muy grave problema de espalda, los designios de la medicina en Missouri son inescrutables. Y así fueron pasando los meses y poco a poco comprendimos que nos habían engañado, que el tal Michael Porter Junior no era un jugador sino una leyenda urbana, algo así como la chica de la curva. Un día de febrero nos contó Vitale que estaba para reaparecer pero ya no nos lo creímos, otro día nos dijeron que su reaparición era inminente y ni que decir tiene que seguimos sin creérnoslo… Así hasta que finalmente reapareció. Poco, lo que dura un caramelo a la puerta de un colegio, lo que duró Mizzou en el Torneo de la SEC. Reapareció… o no, que el Michael Porter que nos presentaron fue poco más que un sucedáneo de sí mismo, poco más que un veinte por ciento (tal vez un diez) del auténtico. Permaneceremos atentos a nuestras pantallas en el Madness a ver si por fin se nos aparece el de verdad. Y a ver si nos dura un poco más, ya puestos.

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  1. ¿Qué más? Fue bello ver emerger por fin a TCU (lástima de esa lesión de Jaylen Fischer) y a Texas Tech (lástima de esos achaques postreros de Keenan Evans) desde las profundidades de una durísima Big12. Fue no menos bello ver resucitar a Ohio State (Holtmann mediante) e incluso a Penn State (¡¡¡Penn State!!!) desde las profundidades de la Big Ten. Y fue aún más asombroso ver explotar a Auburn (sí, la Auburn de los líos, la de las sanciones, esa Auburn) y no digamos ya a Tennessee en la SEC, una SEC que pareció que sería cosa de Kentucky, Florida o Texas A&M como tantas otras veces pero que acabó siendo cosa de estos Tigers y Vols con los que no contaban ni ellos mismos. De alguna manera fue una suerte de democratización sumamente refrescante… Aunque finalmente la Big12 la ganara como siempre (y por partida doble) Kansas (a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a decir que este año peligra su título de Conferencia), aunque la Big Ten fuera cosa de ambas Michigan, aunque finalmente Kentucky emergiera de sus cenizas en el Torneo de la SEC. Tanto da. Fue bello mientras duró.

 

Y poco más (o más bien mucho, pero no hay tiempo ni fuerzas para contarlo). Nos aprestamos a vivir un Madness maravilloso como todo Gran Baile que se precie, un Madness que disfrutaremos como enanos (¿por qué se dirá esto?)… pero en el que al mismo tiempo no podremos dejar de sentir la espada de Damocles sobre nuestras cabezas, sólo a la espera de la próxima revelación. O aunque no haya más revelaciones la espada seguirá ahí, casi perenne, recordándonos que gane quien gane ya veremos si en apenas unos años no asistimos a otro episodio como ese reciente de Louisville, otra retirada de títulos y victorias y demás logros con efectos retroactivos, ese borrado de la memoria que tanto nos duele a quienes lo vimos/vivimos porque es como si nos lo quitaran también a nosotros. Lo disfrutaremos como siempre (o sea, como nunca) pero siempre nos quedará la duda de si esta Madness con el paso de los años no será también una March Madness con asterisco. Y mira que me gustan poco los asteriscos.

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