Mucho más que un dunker

CHARLOTTE, NC - MARCH 7: Zach LaVine #8 of the Minnesota Timberwolves looks on during the game against the Charlotte Hornets on March 7, 2016 at Time Warner Cable Arena in Charlotte, North Carolina. NOTE TO USER: User expressly acknowledges and agrees that, by downloading and or using this photograph, User is consenting to the terms and conditions of the Getty Images License Agreement. Mandatory Copyright Notice: Copyright 2016 NBAE (Photo by Kent Smith/NBAE via Getty Images)

Los Minnesota Timberwolves están al alza. Desde que Sam Mitchell decidió, a medias obligado por las lesiones y a medias por su determinación, introducir en el quinteto a Gorgui Dieng y Zach LaVine en el lugar de Garnett y Prince, el equipo ha dado un salto casi kilométrico. En los 20 partidos en los que este quinteto ha salido de inicio a pista, los Wolves acumulan un récord de 9-11, habiéndose enfrentado por el camino a los cuatro primeros del oeste y a los Raptors, entre otros.

Dentro de esta gran dinámica, que invita, como ya ha sucedido en otros años, a soñar con una mejora sustancial para el año que viene a poco que refuercen un poco en el banquillo y dejen crecer a sus jóvenes, está destacando un nombre. Por encima incluso de Towns, Ricky o Wiggins, el nombre de Zach LaVine está empezando a sonar como un jugador a tener en cuenta ya no solo en el futuro, sino en el presente de la NBA. El último ejemplo lo pudimos ver en el partido ante los Wizards, en el que LaVine logró dos triples seguidos en la prórroga para forzar un nuevo tiempo extra.

Hasta ahora, LaVine, sophomore, solo era conocido por los aficionados de la NBA como ese escolta capaz de hacer magia en el aire. Como un ‘dunker’ que ha ganado dos de los mejores concursos de mates de la historia, siendo capaz, entre otras cosas, de pasarse el balón por debajo de las piernas tras saltar desde la línea de tiro libre. Pero el de es mucho más que eso, pese a que durante el año se llegó a dudar de que pudiera ser un jugador verdaderamente determinante.

La temporada arrancó llena de dudas para el ex de UCLA. Tras una primera campaña algo irregular (algo normal por su juventud) y con muchas dudas de cuál sería su posición, si la de base o la de escolta, LaVine no tuvo el mejor inicio. Situado por Sam Mitchell como base de la segunda unidad para que la liderara junto a Shabazz Muhammad como idea inicial, los errores eran una constante en las acciones del dorsal 8 del joven conjunto de Minnesota, tanto en defensa como en ataque.

La inoperancia defensiva era uno de los grandes lunares de LaVine. Durante la primera mitad de la temporada, las estadísticas hablaban de que LaVine era el jugador que más veces era rebasado en la Liga. Y en ataque, su falta de visión y de capacidad de organización lastraban a unos Wolves que sufrían sobremanera cuando Zach estaba en cancha. Además, las pequeñas ausencias de Ricky en los primeros compases del año no hicieron más que aumentar la brecha, puesto que sus defectos se veían multiplicados al tener que disputar aún más minutos como base.

Parecía así que LaVine se estancaba. Cuando jugaba junto a Ricky, en la posición de escolta, su producción mejoraba, pero Mitchell seguía empeñado en hacerle jugar de base mientras seguía sin confiar ni en André Miller ni en Tyus Jones, los otros bases de la plantilla. Ahí, en la posición de ‘floor general’, el contraste era grande, con un LaVine que se veía perdido y sin desarrollo, llegándose a convertir en un dolor de cabeza para los aficionados de los Timberwolves, que en algún momento de la temporada pidieron su traspaso.

Pero a mitad de enero, Sam Mitchell, obligado por las lesiones de Prince y Garnett, se vio empujado a cambiar su quinteto. Con Wiggins desplazado al puesto de alero, el sitio del shooting guard quedaba reservado para LaVine. Un puesto que no ha abandonado desde entonces y que le ha servido para mostrar al mundo su gran salto de calidad.

Tras muchos experimentos, el entrenador de los Wolves hizo lo que muchos aficionados del equipo de Minneapolis llevaban pidiendo mucho tiempo: Ni más ni menos que poner a LaVine en su sitio, el de escolta y dejarle jugar como él sabe, como ya demostró en college, donde era un jugador que destacaba por su capacidad anotadora.

A partir de ese momento, el crecimiento de LaVine ha sido imparable en ambos lados de la pista. En defensa, sigue sin ser un gran defensor, pero su uno contra uno empieza a ser decente, aprovechando su fuerza de piernas para aguantar las embestidas rivales. Además, se le ha podido observar una mejora sustancial a la hora del leer las líneas de pase, hasta el punto de que no es raro verle en esta última parte de la temporada robar más de un balón por partido adelantándose al pase del rival. Su punto débil sigue estando en mantener la intensidad durante un tiempo prolongado y en mantener la posición en ataques posicionales, pero el progreso está siendo visible.

En ataque, el desarrollo ha sido más grande aún. En la primera parte de la temporada, LaVine se mostraba, como se suele decir, como un ‘chupón’, sin ningún criterio. Era habitual verle, como base, subir el balón y tirar un tiro forzado sin esperar jugada ninguna, porque sí. Sin embargo, cuando se le ha alejado del balón colocándole como escolta, la toma de decisiones ha mejorado para Zach, entre otras cosas porque no todos los balones pasan por él, incluso pasando mejor que cuando era un base, o al menos con más criterio.

Pero donde su progreso es más palpable es en el tiro exterior, donde ha pasado a ser, desde febrero, uno de los mejores tiradores de toda la liga, sufriendo su tiro de tres una progresión sin precedentes. Desde que empezó a ser titular, el 10 de febrero ante Toronto, LaVine promedia un 45% de acierto en el tiro de tres, cuando en el resto de la temporada se situaba en un escuálido 34.5%. Además, hay que añadir su acierto y decisión en los momentos calientes, cuando es habitual verle ejecutar (y muchas veces con acierto, como contra los Wizards) su característico tiro triple frontal en semigiro, que ya se ha convertido en una marca de identidad del escolta.

En el resto de estadísticas ofensivas más allá del tiro de tres, LaVine también ha mostrado una mejora. Por señalar algunos, ha pasado de 12.8 puntos por partido a 17, de 11.1 tiros por partido a más de 13 aumentando el porcentaje de acierto, y todo, pasando de 24 minutos por partido a 37, con la responsabilidad que eso implica dentro de un equipo que cada vez más le ve como una opción en ataque.

Por supuesto, aún le quedan muchas cosas por mejorar, como la intensidad defensiva ya señalada, la lectura de los bloqueos y su inteligencia sobre la pista, pero no lo olvidemos, este marzo cumplió solo 21 años.

Su progreso este año ha sido impresionante, sobre todo en la parte final de la temporada, llegando incluso a superar en importante en el equipo a Andrew Wiggins, al que se ve algo más estancado pese a sus números. Sin duda, con LaVine estamos asistiendo al nacimiento de uno de los escoltas más importante en el futuro a medio plazo de la NBA, yendo más allá de esa etiqueta de ‘dunker’ que ha muchos destrozó y de la que otros jugadores (como Blake Griffin) ya han intentado alejarse para mostrar a los fans que pueden hacer algo más. LaVine es capaz de ello y de más, no le pierdan de vista, es mucho más que un dunker.