Duke vs. Duke

Hace apenas dos meses y medio, por los albores de noviembre, eran pocos los que se atrevían a cuestionar el favoritismo de Duke al título de la NCAA. Número uno del Top 25 de preseason de forma casi unánime, el equipo de Mike Krzyzewski presentaba, a priori, un arsenal extenso, letal y variopinto que sería casi imposible igualar. Los Blue Devils contaban con una base sólida y contrastada: dos veteranos de gran fiabilidad (Matt Jones y Amile Jefferson), un sophomore llamado a despuntar (Luke Kennard) y un gran candidato a ser el mejor jugador universitario del año (Grayson Allen). La llegada de la mejor recruiting class del país (liderada por los futuribles lottery picks Harry Giles y Jayson Tatum y completada por Frank Jackson y Marques Bolden) debía configurar una rotación asesina de ocho unidades. Nadie parecía tener tanta profundidad y calidad.

Cerca del final de la cuesta de enero, resulta complicado evitar la palabra “crisis” para hablar de Duke. Ha perdido cinco de sus veinte partidos y tres de los últimos cuatro que ha jugado. Con un récord de 3-4 en la ACC, su peor arranque en dos décadas, los Blue Devils ya están a tres victorias de North Carolina, que comanda la conferencia con 6-1. La situación reviste una gran complejidad: la trayectoria de Duke se ha visto salpicada por demasiados incidentes que tienen que ver más bien poco con el balón, pero subyace una serie de cuestiones directamente relacionadas con el juego.

¿Qué pasa con Duke? ¿Puede cambiar el rumbo de su temporada? A ello dedicaremos este artículo, intentando detectar las grietas de la escuadra de Coach K y determinar si hay alguna manera de sellarlas.


Antes de entrar a analizar lo que ocurre sobre el parqué, procede enumerar someramente las piedras que han ido apareciendo en el camino de Duke. No es que sirvan para excusar el rendimiento de los Blue Devils, ni mucho menos, pero tanta turbulencia se deja notar y, aunque sea como contexto, es necesario recapitular:

Lesiones. La sangría de Duke ha sido tremenda en este aspecto. Tatum, Giles y Bolden no pudieron debutar hasta mediados de diciembre y, con la excepción del primero, su proceso de adaptación está siendo más tortuoso de lo esperado. Jefferson se ha perdido dos partidos recientemente, ambos saldados (de forma nada casual) con derrota.

El expediente Grayson Allen. Su caso es tan inclasificable que merecería artículo aparte. Dejémoslo en que, por culpa de sus continuos percances en forma de zancadillas y piscinazos, ya ha sido suspendido sin jugar en dos encuentros (y, para muchos, el castigo debería haber sido mayor). La culpa es enteramente suya, no se trata de algo fortuito, pero cuenta, y mucho, como elemento desestabilizador. Sumado a lo anterior, resulta un frío dato: hasta hoy, Duke sólo ha contado con sus ocho mejores jugadores en seis partidos.

La baja de Coach K. El entrenador con más triunfos en la historia de la NCAA se halla actualmente en proceso de recuperación tras una operación de espalda. Mientras tanto, su asistente Jeff Capel está a cargo de los Blue Devils. No es que Capel sea un inútil: huelga recordar que, hace no tanto, reclutó a Blake Griffin para Oklahoma y llevó a los Sooners al Elite Eight. Pero ha sumado sólo dos victorias en los cinco duelos que ha dirigido y es difícil enderezar el rumbo de un barco cuando el capitán no va a bordo. Para más inri, Capel anunció anoche que su padre ha sido diagnosticado con ELA, por lo que sería totalmente comprensible que tuviera que abandonar el banquillo esporádicamente. Se prevé que Coach K regrese en una o dos semanas, y Duke lo necesita como el comer.

El diagnóstico no acaba aquí, ni mucho menos: como equipo de baloncesto, Duke presenta numerosas carencias, que resumiremos en tres grandes problemas. El primero y más acuciante quizás se podía prever, aunque no en la dimensión que ha adquirido. El segundo, heredado del año pasado, era de esperar, si bien uno podía imaginar que se habría resuelto mejor a estas alturas. Y el tercero es, probablemente, el más desconcertante de todos.


Problema uno: la defensa. Duke es un queso gruyere. Las escuadras de Krzyzewski no se suelen distinguir por su pericia en este arte, pero en esta ocasión el asunto pasa de castaño oscuro. Anotar contra los Blue Devils es, sencillamente, demasiado fácil. Es un rival que permite lanzamientos de altísima efectividad: concede más de 34 puntos por noche en la pintura, el tercer peor registro de las grandes conferencias. No hace falta un bombardeo para hacer saltar por los aires las barreras de Duke. Ninguno de los conjuntos que han batido a los Blue Devils este año necesitó más de ocho triples para hacerlo, pero todos (salvo Louisville) superaron el 50% de acierto en tiros de dos.

Toda la estructura defensiva de Duke flaquea. Entre sus guards, Coach K tiene un buen defensor (Jones), uno decente (Jackson) y dos flojos (Allen y Kennard). Por lo general, la línea exterior no sólo es incapaz de forzar pérdidas al oponente; es un auténtico coladero. Los hombres de perímetro rivales, que ante los Blue Devils se ponen las botas (sirvan los 32 puntos de Dennis Smith Jr. el pasado lunes como ejemplo), se plantan constantemente en posiciones de triple amenaza con superioridad numérica, una vez rebasado su par. El colapso suele seguir unas pautas habituales: Jefferson, único ancla en la pintura, se ve obligado a salir de la zona para auxiliar al compañero eliminado, lo que deja un contrario solo junto al aro, bien para recibir un pase, bien para coger el rebote (las segundas oportunidades son un lastre enorme para los Blue Devils).

En medio del caos, a los freshmen se les nota en exceso que aún no son capaces de leer con inmediatez el flujo del juego. Una vez se produce el primer desequilibrio en el esquema, todos llegan medio segundo tarde a la siguiente ayuda. Tatum está cumpliendo medianamente bien atrás y Bolden ha dejado detalles interesantes, pero a Giles da la impresión de no estar al 100% físicamente y el sophomore Chase Jeter sigue sin enterarse. En cualquier caso, son víctimas del desorden general.

No es que el cuerpo técnico esté de brazos cruzados. Uno puede ver cómo los dukies van probando cosas: un poco de defensa zonal aquí, intensificar los cambios tras bloqueo allá… Pero nada que funcione de verdad, y mientras tanto los días pasan y los Blue Devils no tienen, ni por asomo, una identidad defensiva.

En la segunda mitad del partido contra Miami, que fue precedida por veinte minutos horribles, Duke mostró una de sus mejores caras de todo al año. Capel salió del vestuario con el siguiente quinteto: Jones, Jackson, Tatum, Jefferson y Bolden. Con Kennard y Allen en el banquillo, los Blue Devils desplegaron una intensidad desconocida, mordieron, cambiaron asignaciones, provocaron errores, machacaron a los Hurricanes en transición y liquidaron la contienda con un parcial de 22-1. ¿Es una alternativa viable? El sacrificio ofensivo de esta alineación es significativo, pero en momentos determinados podría solucionar el primer gran problema del equipo… y parte del segundo.


Problema dos: Duke no tiene base. Se veía venir, y el transfer de Derryck Thornton durante el verano aseguró que Coach K no contaría con point guard puro alguno. Sin embargo, a los hombres de perímetro se les suponía suficiente capacidad creativa como para disimular este déficit. Y, de momento, no la han demostrado.

El principal encargado de comandar la ofensiva dukie está siendo Allen, que el año pasado ya lideró a los de Durham en asistencias y, a cambio de ser el base nominal, ha disminuido sustancialmente su efectividad anotadora sin obtener gran cosa a cambio. Jackson está demasiado verde para ejercer de mariscal a tiempo completo, a Jones le falta una pizca de talento y Kennard es más un continuador y finalizador que un iniciador.

El resultado es que Duke acaba dependiendo en exceso de la inspiración individual, y suerte tiene de que le sobre, porque su pobre registro de 13.7 asistencias por choque (168º de la NCAA) no le da para mucho más. En este sentido, tampoco puede decirse que Coach K haya aportado sistemas o automatismos para dinamizar el juego colectivo. El ratio asistencias-pérdidas de los Blue Devils es bastante calamitoso: en sus cuatro primeras derrotas de la campaña, el total fue de 38-61. Se trata, en definitiva, de un conjunto sin batuta.

En ataque, Duke está funcionando razonablemente bien, pero está indudablemente lejos de su techo. Aunque el talento bruto puede sacarte de muchos apuros, en marzo hace falta más. A los Blue Devils les vendría de maravilla mejorar su organización en estático. Y es que, como se ha mencionado antes, tienen un potencial tremendo cuando pueden correr… pero no son capaces de generar con su defensa las oportunidades necesarias para sacarle jugo. Al final, la pescadilla se muerde la cola.


Problema tres: falta de liderazgo. Y aquí salta la sorpresa. ¿Qué podía salir mal con Allen al mando? Bien, de entrada ha salido mal lo siguiente:

Temporada 15-16: 21.6 puntos, 46.6% TC (14.3 intentos), 41.7% T3 (6 intentos), 83.7% TL (7 intentos), 3.5 asistencias, 2 pérdidas.

Temporada 16-17: 15.1 puntos, 39.2% TC (11.1 intentos), 31.6% T3 (6.3 intentos), 79% TL (5.6 intentos), 4 asistencias, 2.2 pérdidas.

Traducción: Allen, habitualmente a cargo de unas labores de creación en las que no está destacando especialmente, no sólo está lanzando menos (lo cual era de esperar y no necesariamente negativo), sino que además está haciéndolo con una efectividad mucho menor, y esto es una cuestión de acierto pero también de mala selección.

Aún así, podría aceptarse que Allen brillara menos que el año pasado mientras ejerciera de líder. Lo realmente preocupante es su actitud. Es difícil para un grupo de chavales seguir a la muerte a un tipo que está destacando más por sus conductas antideportivas que por su rendimiento en cancha. Allen está siendo de todo menos modélico, justo lo que su equipo necesita. Si liderar consiste en dar ejemplo, Allen está fracasando estrepitosamente.

Luke Kennard es, de momento, el hombre franquicia de Duke. Su curso está siendo brillante. Pero no llega al calibre All-American. Quizás sea injusto medirlo al lado máquinas de jugar como Josh Hart o Frank Mason, pero si Duke aspira al título deben aceptarse estas comparaciones. Es así. Además, a Kennard le falta algo de swagger para intimidar como una auténtica estrella, un carisma especial que, por ejemplo, sí tiene Matt Jones… quien, lamentablemente, no puede ser la primera opción de un contender.

En resumen: Duke no tiene un clavo ardiendo al que aferrarse en momentos de zozobra. A pesar de haber más opciones que en el 95% de plantillas de la NCAA, no está claro quién debe agarrar la patata caliente en una situación de vida o muerte. Y, para mí, en una competición que se decide por un torneo a partido único, esto un problema.


Quedan menos de dos meses para el March Madness. Coach K volverá. Duke mejorará. Puede que mucho, puede que poco. Pero de este conjunto se esperaba, como mínimo, una Final Four garantizada. Los Blue Devils están lejos de ese escalón, con problemas estructurales en absoluto nimios. Y aunque siempre es difícil apostar en contra del talento, Duke insiste en invitar a ello. Continuará.

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